
Somos gente extraña; deambulamos por lejanos lugares en busca de algo que está tan cerca de nosotros. La belleza está siempre allí jamás aquí; la verdad no está nunca en nuestros hogares, sino en algún lugar distante. Vamos al otro extremo del mundo para encontrar al Maestro, y no reparamos en el sirviente; no comprendemos las cosas comunes de la vida, las luchas y alegrías cotidianas, y sin embargo nos esforzamos por alcanzar lo misterioso y lo oculto. No nos conocemos a nosotros mismos, pero estamos dispuestos a servir y a seguir a aquél que nos promete una recompensa, una esperanza, una utopía. En tanto estemos confundidos, aquél que elijamos debe estar también confundido. No podemos percibir claramente, desde que somos medio ciegos; y lo que vemos entonces sólo es parcial y por tanto no real. Todo esto lo sabemos, y sin embargo nuestros deseos, nuestras ansias son tan fuertes que nos sumergen en ilusiones e interminables miserias.
La creencia en el Maestro crea al Maestro, y la experiencia es conformada por la creencia. La creencia es una particular norma de acción o en una ideología, produce lo que se aspira lograr; pero ¡a qué costo y con qué sufrimiento! Si un individuo tiene capacidad, entonces la creencia se convierte en sus manos en una cosa poderosa, en un arma más peligrosa que un fusil. Para la mayoría de nosotros, la creencia tiene mayor significación que lo real. La comprensión de lo que es no requiere una creencia, por el contrario, la creencia, la idea, el prejuicio, es un impedimento definitivo para la comprensión. Pero preferimos nuestras creencias, nuestros dogmas; ellos nos entusiasman, nos prometen, nos animan. Si comprendiésemos el sentido de nuestras creencias y por qué nos aferramos a ellas, desaparecería una de las mayores causas de antagonismo.